23.1.09

-Rubia, ¿ese tipo de la mesa, el que lee el periódico no te suena de nada? No te quita el ojo. -Susurró Misombra semanas atrás. No lo conocía de nada pero el aviso y su buena planta me sirvieron para echarle un par tejos, una tarde de café sosa e invernal.

-¿Has visto ese Ford Mondeo plateado? Lleva bastante rato detrás de nosotras. -Apuntó nerviosa una tarde que volvíamos de Peñaranda.

-Ese coche blanco lleva más de una semana aparcado en el mismo sitio, ahí enfrente ¿lo ves? -me informó a los pocos días. Será de algún vecino, pensé.

-Este fin de semana, que me has dejado tirada como de costumbre, te han llamado no se cuantas veces pero no han dejado mensaje. Esto no es normal. -Me contó con aire de reproche Misombra.

-Hoy han llamado varias veces al timbre. Primero en el telefonillo y luego en casa. Y yo aquí sola guardándote las espaldas. Niña, esto ya pasa de la raya, demasiadas coincidencias. -Se apresuró a anunciarme nada más llegar del trabajo. Empiezo a preocuparme.

Han abierto mi buzón, dentro no queda nada ni un papelillo del Pizza Hut. Se lo cuento a Misombra que corre alterada pasillo arriba, pasillo abajo, gimoteando:

-Te lo dije, te lo dije. ¡Nos vigilan! ¿En qué andas metida? Nunca me haces caso y así te va.

Tengo una pesadilla espantosa. Camino por la avenida de Portugal, otra vez en obras, no hay más que zanjas, barro, tuberías tiradas y vallas por todas partes. El hombre del bar me sigue los pasos. Siento su aliento en la nuca, y sus manos rebuscando entre los papeles de mi cartera. De repente me empuja a la zanja. Una tubería rugosa y caliente se enrosca en mi garganta. Me despierto con un sofocón terrible con las manos en la garganta y la frase de la semana todavía repitiéndose en mi cabeza: "Quién vigila al vigilante".

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